LAS TRES GRANDES OLAS DEL PENTECOSTALISMO: 120 AÑOS DE UN AVIVAMIENTO QUE NO SE DETIENE

Los estudiosos del fenómeno pentecostal y carismático han periodizado su desarrollo histórico en lo que denominan las “tres olas” del movimiento del Espíritu Santo. Si observamos atentamente, estas tres olas parecen desarrollarse en períodos aproximados de cuarenta años. Siguiendo esta periodización histórica, al cumplirse 120 años del inicio del avivamiento pentecostal, sería razonable pensar que nos encontramos a las puertas de una cuarta ola: lo que muchos consideran el avivamiento final de la Iglesia antes del retorno de Cristo.
Precisamente por esa razón he querido reflexionar y escribir sobre el significado de estos 120 años del movimiento pentecostal a nivel mundial. Más que una simple conmemoración histórica, este aniversario nos invita a discernir los tiempos, evaluar el rumbo espiritual de la Iglesia y considerar el papel que el Espíritu Santo continúa desempeñando en la expansión y renovación del cristianismo contemporáneo.
Primera ola, el pentecostalismo inicial y misionero
La primera ola corresponde al surgimiento del movimiento pentecostal clásico. Su origen histórico suele ubicarse en Topeka, una pequeña ciudad de Kansas, Estados Unidos, en el año 1901. Precisamente, el 1 de enero de ese año, en el Instituto Bíblico Bethel, dirigido por el predicador Charles Fox Parham, la estudiante Agnes Ozman solicitó a sus compañeros que le impusieran las manos y oraran por ella. Según los testimonios de la época, la joven comenzó a hablar en lenguas.
Este fenómeno fue identificado como el “bautismo en el Espíritu Santo” y entendido como una experiencia semejante a un nuevo Pentecostés. Parham convirtió esta experiencia en el eje central de su ministerio, influido por su formación revivalista dentro de la tradición del Movimiento de Santidad.
Sin embargo, fue en Los Ángeles, California, en 1906, donde el pentecostalismo inició su expansión hacia el mundo. El predicador afroamericano William Seymour, también vinculado al Movimiento de Santidad, había asistido a las enseñanzas de Parham y recibido gran influencia de ellas.
Seymour se estableció en un edificio abandonado ubicado en el número 312 de la calle Azusa, donde comenzó a predicar ante un auditorio predominantemente negro. Más adelante, personas blancas también se integraron al movimiento, atraídas por el nuevo fenómeno espiritual que rápidamente se difundió por todo Estados Unidos. A partir de allí se desarrolló una intensa labor misionera que alcanzó gran parte del continente americano y numerosas regiones del mundo.
Segunda ola, la visibilidad en los medios
La segunda ola, según destaca Frank F. W. Benoit (1), comenzó a gestarse entre las décadas de 1950 y 1960, cuando las iglesias pentecostales empezaron a ser reconocidas por otras denominaciones cristianas como una expresión legítima y aceptable del cristianismo.
En este proceso desempeñaron un papel importante las campañas evangelísticas y de sanidad dirigidas por figuras como William Branham, Oral Roberts y Kathryn Kuhlman. También contribuyó significativamente la capacidad de convocatoria de la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, organización fundada en 1951 por Demos Shakarian, descendiente de una familia relacionada con los acontecimientos de la calle Azusa.
El uso de los medios de comunicación —radio y televisión— por parte de líderes pentecostales que buscaban proyectar el mensaje evangélico más allá de sus denominaciones hizo que el movimiento alcanzara gran visibilidad pública y despertara el interés de otras confesiones cristianas, incluyendo la Iglesia católica.
Pablo Deiros y Carlos Miranda (2) recuerdan el impacto que provocó en 1960, tanto en Estados Unidos como en el mundo occidental, la aparición de manifestaciones carismáticas en la Iglesia Episcopal de Van Nuys, California, donde varias personas comenzaron a hablar en lenguas. Este acontecimiento es considerado históricamente como el nacimiento del movimiento carismático.
La llamada “renovación carismática”, como preferían denominarla sus líderes, se expandió mucho más allá de las iglesias pentecostales, alcanzando a episcopales, presbiterianos, metodistas, bautistas y luteranos, así como posteriormente a católicos romanos y ortodoxos orientales.
Deiros y Miranda señalan, además, que evangelistas de masas como William Branham y Oral Roberts fueron especialmente sensibles a las necesidades de creyentes provenientes de contextos no pentecostales. A través de campañas de sanidad y otras manifestaciones sobrenaturales, lograron que miles de personas pertenecientes al protestantismo histórico tomaran conciencia de la dimensión sobrenatural de la fe cristiana.
Desde sus inicios, el neopentecostalismo alcanzó pastores y congregaciones de diversas denominaciones evangélicas alrededor del mundo, difundiendo prácticas como el hablar en lenguas, las curaciones milagrosas, las profecías y otras expresiones carismáticas.
Tercera ola, el neopentecostalismo
La tercera ola del Espíritu Santo, según diversos estudiosos, tuvo su origen en el Seminario Teológico Fuller en 1981, especialmente a través del ministerio docente de John Wimber, fundador de la Asociación de Iglesias de la Viña.
Esta nueva ola estuvo integrada principalmente por evangélicos moderados que experimentaban señales y prodigios, pero que rechazaban identificarse con etiquetas como “pentecostal” o “carismático”. El movimiento de la Viña fue la expresión más visible de esta corriente.
El neopentecostalismo continuó expandiéndose mediante ministerios independientes y la creciente influencia de la televisión religiosa. Redes como la CBN de Pat Robertson, PTL de Jim Bakker y TBN de Paul Crouch desempeñaron un papel determinante en esta expansión.
El sociólogo Miguel Ángel Mansilla Agüero (3) observa que el neopentecostalismo constituye una nueva etapa del pentecostalismo clásico. Según explica, se trata de un “reencantamiento” del pentecostalismo, convertido ahora en un movimiento transversal, difícil de delimitar territorialmente en congregaciones específicas. A su juicio, representa un nuevo tipo de carisma cuyo alcance no se limita únicamente a los sectores populares, sino también a las clases medias.
El neopentecostalismo ha sabido apropiarse de símbolos tradicionales del pentecostalismo y adaptar su discurso a las dinámicas de la sociedad contemporánea, presentando la experiencia religiosa en términos de gozo, bienestar y realización personal. Este movimiento contiene elementos que ayudan a explicar lo que diversos observadores llaman la “subjetivación de la religión”: una forma profundamente individualizada de vivir la fe, donde cada persona selecciona y combina creencias de manera semejante a quien elige piezas para confeccionar un traje a la medida.
En una sociedad plural, cada iglesia diseña una oferta religiosa orientada a atraer a determinados públicos. Muchos creyentes potenciales realizan una especie de “recorrido metropolitano” por distintas congregaciones, comparan propuestas y finalmente deciden dónde integrarse.
La oferta neopentecostal suele orientarse hacia temas como la salud, el trabajo, la prosperidad y la superación personal. Tanto las prédicas como la música religiosa adoptan frecuentemente un tono terapéutico y motivacional. Mansilla señala que esto ha provocado que personas antes indiferentes al pentecostalismo ahora se interesen en él, ya que el énfasis ha dejado de centrarse exclusivamente en la vida eterna, el cielo o el infierno, para enfocarse también en cómo alcanzar felicidad y bienestar en la vida presente.
De esta manera surge lo que Mansilla denomina el “creyente nómada”: personas que recorren distintas congregaciones sin comprometerse plenamente con ninguna comunidad local. Se identifican como cristianos evangélicos, pero sin vínculos estables de pertenencia. Incluso algunos líderes los describen como “creyentes golondrina”, “turistas espirituales” o “domingueros”.
Según Mansilla, cada individuo construye así, de manera privada y familiar, las creencias que mejor se adaptan a su estilo y proyecto de vida. La religión deja de asumirse como una herencia recibida y pasa a entenderse como el resultado de una búsqueda y elaboración personal.
Por ello, algunos analistas hablan hoy de una “fe cómoda”, en la que el ser humano diseña una imagen de Dios ajustada a sus propias preferencias, sin exigencias éticas rigurosas ni compromisos profundos con un estilo de vida determinado.
El nuevo pentecostal construye su identidad religiosa a partir de la satisfacción de necesidades espirituales y materiales, buscando reducir el sufrimiento humano. Mientras el pentecostalismo clásico enfatizaba la cruz, el sacrificio y la esperanza futura, el neopentecostalismo resalta la resurrección, la victoria y el disfrute de la vida presente.
Una de las grandes fortalezas históricas del pentecostalismo ha sido precisamente su extraordinaria capacidad de adaptación social, cultural e histórica. Esa flexibilidad explica, en buena medida, por qué continúa siendo uno de los movimientos religiosos de mayor crecimiento en el mundo contemporáneo.
Notas bibliográficas:
- Benoit, F. F. W. (2014). The charismatic movement and the churches. Charisma House.
- Deiros, P. A., & Miranda, C. (2014). Latinoamérica en llamas: Historia y teología del movimiento pentecostal. Editorial Vida.
- Mansilla Agüero, M. Á. (2008). Pentecostalismo y neopentecostalismo en América Latina: Subjetivación religiosa y nuevas formas de creer. Polis. Revista Latinoamericana, (20).
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